Como lo prometido es deuda y ya tocaba estrenarse en
el blog, aquí volcaré de aquella manera mi experiencia cocinando con Sal costa.
Lo primero de todo y antes de que se me olvide, dar
gracias a la gente de Trnd España por enviármelo.
Hace unos días me llegó un paquetón a casa, y al verlo
los hombres de mi casa alucinaron
“¿Qué es? ¿Qué es?”
“Esperaaad…”
“¿Es un juguete?”
“Noooo…”
“¿Son DOS juguetes?”
“Nooo. No son jugueeetes”
“Ooh…”
[Los hombres bajitos salen de escena. A lo que el más
alto de los hombres de mi casa, que resulta ser mi “costillo” aprovecha la
oportunidad para acercarse y mirar con curiosidad mientras servidora trata de
abrir la caja sin tener que molestarse en ir a por tijeras/cuchillo/cualquier
cosa que pinche/corte]
“¿Qué es? ¿Es para mi?”
“Ayúdame a abrirlo y lo verás”
Tachánnnnnnnnnnn…
Mi costillo alucinó. Preguntó que para qué queríamos tanta sal (no he terminado de explicarle en qué consiste esto del marketing participativo). Y se retiró dignamente.
Como siempre que recibo algún pack de este tipo, me
dispuse a examinarlo todo como si hubiera llegado la mañana de Reyes.
Cuatro paquetes de dos kilos de Sal para hornear, un
bote de sal marina, un tarro de sal Essentiel que aún tengo de probar sobre un buen entrecot (slurp!), tres
sobrecitos de “flor de sal” y un recetario.
Lo primero que he probado ha sido la sal para hornear
unas lubinas muy hermosas… A continuación el documento gráfico.
Encendí el horno a 210º arriba y abajo para que se
fuese calentando.
En la
bandeja del horno puse una cama de sal y encima las Señoras lubinas, que un
poco más y ni me caben en la bandeja… Las cubrí con más sal y esparcí un poco
de agua con las manos por encima, apretando un poco la sal para que quedase más
compacta.
Metí la bandeja (que pesaba como mil demonios) en el
horno, en la altura inmediatamente inferior a la central.
Tuve el pescado en el horno 15 minutos y, una vez
cumplido el tiempo, saqué la bandeja del
horno y dejé que bajase un poco la temperatura, porque aquello estaba “que
chutaba” y hacía un ruido que advertía en arameo invertido algo así como “tú
tócame que verás qué risa…”
Cuando
dejé de temer un chorro de vapor ardiente en mi cara, o algo parecido
(peliculera que es una), empecé a quebrar la costra de sal dando golpes con la
espátula y a retirar sal.
Ya no
hace falta que siga explicando nada más. Sencillamente limpié las lubinas y en
mi caso como tengo niños pequeños las quité todas las espinas que pude y las emplaté
ya directamente para comer, acompañadas de ensalada de tomate partido, aceite,
vinagre de Módena y sal.
Et voilà!
La verdad, nos lo comimos con mucho gusto. Y apropiándome
de las palabras del hombre adulto de la casa, tengo que decir que “hacía tiempo
que no comía un pescado tan rico”.
Sí, lo sé. Las fotos un asco. Afortunadamente no me gano la vida con esto… Supongo que si tuviera tiempo y medios para ello, lograría unas fotos al menos “decentes” peeeeeero, con el ritmo que llevamos por aquí, de momento esto tendrá que valer.








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